martes, 10 de diciembre de 2013

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS



El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El documento consta de un preámbulo y treinta artículos que recogen derechos de carácter civil, político, social, económico y cultural. Esta manifestación de los países miembros tuvo el propósito de exaltar el espíritu humano, en la búsqueda del reconocimiento de la dignidad. El fin concreto fue prevenir y evitar los actos de crueldad y de barbarie, como aquellos sufridos por la humanidad en el pasado, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial.
El Consejo Económico y Social de Naciones Unidas creó la Comisión de Derechos Humanos. A este organismo, estructurado con 18 representantes de estados miembros de la organización, se le encomendó la elaboración de una serie de instrumentos para la defensa de los derechos humanos. Dentro de la Comisión se creó un Comité formado por ocho miembros. El proyecto de Declaración se sometió a votación el 10 de diciembre de 1948 en París y fue aprobado por 58 Estados miembros de la Asamblea General de la ONU, con 48 votos a favor y 8 abstenciones provenientes de la Unión Soviética, de los países de Europa del Este, de Arabia Saudita y de Sudáfrica. Además, otros dos países miembros no estuvieron presentes en la votación.
Los Derechos Humanos encarnan valores conquistados por la humanidad desde la antigüedad en occidente. Su normalización en cambio pertenece a la modernidad, cuando por efecto del Renacimiento, la Reforma Protestante, el Humanismo y la Ilustración, pasamos de una sociedad teocrática a una sociedad enfocada en nosotros mismos. Los derechos humanos son, por tanto, valores de convivencia, fundamentados en la dignidad humana, la razón y la justicia; son un código de conducta a escala planetaria.

100 Momentos que Marcaron el Mundo Contemporáneo

lunes, 2 de diciembre de 2013

1888 FIN DE LA ESCLAVITUD COMO INSTITUCIÓN EN EL MUNDO.



Sorprende mucho pensar lo reciente que resulta este hecho. Hace poco más de un siglo todavía había esclavos bajo el consentimiento de la ley. Pero la sorpresa es doble si se considera que este mismo momento histórico, 1888, puede tener dos perspectivas. Por un lado, podemos notar con horror que la historia de la esclavitud es mucho más larga que la historia de los derechos humanos. En otras palabras, podemos sorprendernos porque algo tan básico según nuestros valores actuales, como lo es la libertad de todos, no se dio bajo el consentimiento de la ley sino hasta 1888. La otra cara de esta misma sorpresa es darnos cuenta de lo mucho que hemos avanzado en los últimos dos siglos. Que la idea de la esclavitud nos parezca un horror es un gran logro si se considera el tiempo que ha pasado desde que la situación era distinta.
Así pues, este evento tiene el poder de hablarnos acerca de velocidad de los tiempos modernos por oposición al ritmo del cambio que hubo en siglos y milenios pasados. Lo más notable en ese sentido que cambios políticos, tecnológicos, económicos y éticos ocurren en sintonía por la estrecha relación entre estos elementos. Es cierto que este movimiento se puede rastrear hasta la Ilustración y, en ese sentido, podría decirse que la abolición de la esclavitud es el resultado de la aparición de nuevos ideales, como la libertad y la igualdad. No es menos cierto, sin embargo, que el fin de la esclavitud coincide con un nuevo orden económico. La esclavitud, un fenómeno que fue muy rentable durante siglos, de repente se volvió obsoleta en el mundo industrializado y fue entonces que nos empezó a horrorizar.
En todo caso, sea por razones ideológicas o económicas, es un motivo de alegría que aquella práctica haya terminado. Eso sí: no olvidemos que todavía hay millones de personas que son esclavos de manera no oficial. Tanto en el mismo Brasil como en otros lugares del mundo hay gente que trabaja en condiciones inaceptables a cambio de comida. La lucha por la igualdad todavía tiene mucho por delante.
        
(100 Momentos que Marcaron el Mundo Contemporáneo).                                                                                                  Casa de la Historia

martes, 1 de octubre de 2013

EL FACTOR HUMANO. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.

En  este libro, John Carlin se pregunta por la forma como Nelson Mandela consiguió ganarse el corazón de sus más acérrimos enemigos, apelando a ese lado positivo del ser humano, que el mismo Carlin denomina como el factor humano que hizo posible el milagro sudafricano. Este libro abarca el periodo comprendido entre 1985 y 1995, lapso a lo largo del cual Mandela pasa de ser un preso político del apartheid, a ser el presidente  de una Sudáfrica unida bajo una nueva bandera.
El relato comienza describiendo la mañana del 24 de junio de 1995 (día del partido de la final de la Copa del Mundo de rugby). Se ve a un Mandela que mantiene sus viejas costumbres (cultivadas tanto a lo largo de su vida revolucionaria, como de las casi tres décadas que permaneció en prisión). Junto a él, Carlin empieza a presentar a otros personajes que jugaron un papel muy importante en el proceso de transformación en Sudáfrica. Entre ellos, el general Constand Viljoen, el ministro Niël Barnard, el capitán del equipo de rugby de Sudáfrica, François Pienaar, el arzobispo Desmond Tutu, el ministro Kobie Coetsee y el presidente P. W. Botha.
Afirma el autor que, para 1985, “los espectadores de televisión de todo el mundo, se acostumbraron a ver a Sudáfrica como un país de barricadas humeantes en el que los jóvenes negros lanzaban piedras contra policías blancos armados de fusiles, en el que los vehículos blindados de la FDSA [Fuerza de Defensa Sudafricana – Ejército] avanzaban como naves extraterrestres sobre muchedumbres negras aterrorizadas.” (p. 35) Es en ese año, bajo esas condiciones, que Mandela lanza su ofensiva de paz. Empieza con una serie de reuniones secretas que sostiene con el ministro de Justicia y Prisiones, Kobie Coetsee. Sin embargo, estos primeros intentos de diálogo con el gobierno tienen un gran antecedente, que no es otro sino el trabajo que Mandela va desarrollando desde la cárcel misma, tomándola como escenario político; pero también, aprovechando el tiempo de encierro para conocer mejor la historia y la lengua de los afrikáners (población blanca de origen holandés, que constituían el 65% de la población blanca sudafricana, y que mantenían el control del poder político del país), bajo la premisa de que “cualquier solución que se encontrara para los problemas africanos iba a tener que contar con los afrikáners” (p. 44).
A la hora de referirse a los afrikáners, Carlin afirma: “Tenían su cristianismo de Antiguo Testamento, llamado Iglesia Holandesa Reformada; y tenían su religión laica, el rugby, que era para los afrikáners lo que el fútbol para los brasileños. Y, cuanto más de derechas eran los afrikáners, más fundamentalista su fe en Dios, más fanática era su afición al deporte. Temían a Dios, pero amaban el rugby, sobre todo cuando llevaba camiseta de los Springboks [nombre del equipo de rugby de Sudáfrica].” (p. 63).
Tras las primeras reuniones con Kobie Coetsee, Mandela tiene la oportunidad de reunirse con Niël Barnard, jefe del Servicio Nacional de Inteligencia. Los buenos resultados que consigue le permiten, más adelante, reunirse con el mismo P. W. Botha, presidente de Sudáfrica en ese momento. Tras las reuniones con este último, concluye el trabajo político de Mandela tras las rejas. Hasta ese punto, ha logrado ganarse desde sus carceleros inmediatos (como Christo Brand y Jack Swart), a los jefes de la prisión (como el coronel Badenhorst y el mayo Van Sittert), hasta alcanzar a figuras como Coetsee, Barnard y el mismo Botha. Sostiene Carlin: “El siguiente paso era salir de la cárcel y empezar a ejercer su magia con la población en general, ampliar su ofensiva de seducción hasta que abarcase a toda Sudáfrica.” (p. 84).
Con la inminente liberación de Mandela (que se alcanzará finalmente en febrero de 1990), empiezan a salir a la luz los grandes miedos y temores de la población blanca, en particular la afrikáner. Tal liberación vino acompañada, por un lado, de nutridas concentraciones públicas de gentes que veían en Mandela su esperanza de derrotar el apartheid. Y por el otro lado, también dio pie para que se presentaran manifestaciones de la derecha blanca. Sobre esto último, Carlin explica: “Aquella gente temía estar a punto de perderlo todo. Eran burócratas del gobierno que tenían miedo de perder sus puestos de trabajo, pequeños empresarios que tenían miedo de perder sus empresas, granjeros que tenían miedo de perder sus tierras. Y todos ellos temían perder su bandera, su himno, su lengua, sus escuelas, su Iglesia Reformada Holandesa, su rugby. Y, latente, tiñéndolo todo, el temor a una venganza equivalente al crimen.” (pp. 123-124).
Formalmente (ya no en secreto), los diálogos entre el Congreso Nacional Africano  (CNA, fuerza política encabezada por Mandela) y el gobierno comienzan en mayo de 1990. Como negociador jefe del CNA se nombra a un antiguo líder sindical llamado Cyril Ramaphosa, mientras que el gobierno nombra como su negociador jefe al ministro de Defensa, Roelf Meyer. Al tiempo que esto ocurría, sale a relucir la que Carlin llama la ‘derecha negra’, representada en el movimiento zulú Inkatha, encabezado por Mangosuthu Buthelezi. Sobre ellos, Carlin afirma: “tenían tanto miedo como la derecha blanca de que, si el CNA llegaba al poder, quisiera ejercer una venganza temible contra ellos.” (p. 141) Más adelante, agrega: “A los seis meses de la liberación de Mandela, los guerreros de Inkatha habían extendido su guerra más allá del territorio zulú, a los distritos segregados de los alrededores de Johannesburgo, con ataques contra la comunidad en general, porque sabían que, en su gran mayoría, apoyaba al CNA. […] El objetivo estaba muy claro: provocar al CNA para que entrase en una serie de miniguerras en los distritos y, de esa forma, hacer que el nuevo orden previsto fuera ingobernable.” (pp. 141-142).
Desde algunos años atrás, se habían ido realizando acciones y gestiones para boicotear el rugby sudafricano. Varias campañas se realizaron (en cabeza de Arnold Stofile) para impedir que el equipo de rugby sudafricano fuera recibido en otros países, como parte de las giras promocionales que hacía. Esto debido, básicamente, a que el rugby era visto por la amplia población negra como un instrumento más del apartheid, como una herramienta para enaltecer los valores de los afrikáners en desmedro del resto de la población. Sin embargo, es en 1992 cuando se empieza a plantear la opción de abandonar el boicot al rugby, con la esperanza de convertirlo en instrumento de cambio positivo. Es  por esto que se realiza en agosto de ese año un partido de reconciliación (primer partido internacional serio en once años), contra los All Black de Nueva Zelanda, en el estadio Ellis Park, de Johannesburgo. Sin embargo, el resultado no fue lo esperado: ondearon banderas del apartheid, se celebró el orgullo afrikáner y la población negra revivió su rencor contra aquel deporte. Pese a esto, “sólo cinco meses después del desastre en el partido contra Nueva Zelanda, Mandela dio a la Sudáfrica blanca el mayor, mejor y más inmerecido regalo que podía imaginar: la Copa del Mundo de rugby de 1995.” (p. 148). Al mismo tiempo, De Klerk (presidente que había reemplazado a Botha) anuncia que habrá elecciones en abril de 1994.
Lentamente van avanzando las conversaciones entre el CNA y el gobierno. No obstante, en abril de 1993 es asesinado Chris Hani, líder del Partido Comunista Sudafricano, cuya muerte habría podido desencadenar una verdadera guerra civil, de no ser por la oportuna intervención de Mandela, que se dirige a todo el país, a través de los canales estatales. Es entonces cuando Mandela afirma: “Un hombre blanco, lleno de prejuicios y odio, vino a nuestro país y cometió un acto tan repugnante que toda nuestra nación se encuentra al borde del desastre. Una mujer blanca, de origen afrikáner, arriesgó su vida para que pudiéramos conocer y llevar ante la justicia al asesino.”
A pesar de que Mandela consiguió apaciguar los ánimos ante el asesinato de Hani, la derecha blanca siguió en su intento de organizarse para hacer inviable el nuevo orden que se veía venir. Es así como a partir de una gran concentración realizada el 7 de mayo de 1993 en Potchefstroom (una ciudad a 110 km al suroeste de Johannesburgo), se crea el Afrikaner Volksfront, “una coalición formada por el Partido Conservador y todas las demás milicias. El programa del Volksfront consistía en la creación de un Estado afrikáner independiente –un Boerestaat- en un territorio dentro de las fronteras de Sudáfrica. […] En aquellos dos primeros meses, el Volksfront reclutó para la causa a 150.000 secesionistas, de los cuales 100.000 eran hombres de armas, prácticamente todos con experiencia militar. ” (pp. 160 - 161).
En agosto de 1993, Mandela consigue reunirse secretamente con el general Constand Viljoen, quien encabezaba el Volksfront. Tras tres meses y medio de conversaciones secretas, llegan al acuerdo de que, en caso de guerra, no habrá vencedores.
Los últimos meses de 1993 y los primeros de 1994 traen consigo importantes acontecimientos. Para comenzar, se anuncia que en las elecciones del 27 de abril habrá espacio para todas las razas, por primera vez en la historia sudafricana. Además, se creó un comité para escoger un nuevo himno nacional y una nueva bandera. Al mismo tiempo, M. Buthelezi (del Inkatha) forma una coalición con la extrema derecha blanca, llamada Alianza para la Libertad. Más adelante, De Klerk y Mandela reciben el Premio Nobel de Paz, así como presiden la ceremonia en la que quedó aprobada la nueva constitución de transición del país. A esto, Carlin añade: “El resultado de tres años y medio de negociaciones fue un pacto por el que el primer gobierno elegido democráticamente sería una coalición que iba a compartir el poder durante cinco años: el presidente pertenecería al partido mayoritario pero la configuración del gabinete debía reflejar la proporción de votos obtenida por cada partido. Las nuevas disposiciones ofrecían asimismo garantías de que ni los funcionarios blancos, incluidos los militares, iban a perder su trabajo, ni los grandes granjeros blancos iban a perder sus tierras. Tampoco habría ningún juicio al estilo de Nuremberg.” (p. 181).
Pese a los intentos de algunas facciones de extrema derecha, las elecciones se realizan, dando como ganador al CNA de Mandela. El 10 de mayo de 1994, quien menos de cinco años atrás fuera un prisionero del apartheid, considerado por muchos como terrorista de alta peligrosidad, se posesionaba como presidente. El 24 de mayo siguiente toma posesión el primer parlamento democrático de Sudáfrica. Sin embargo, hacía aún falta algo que uniera a la gente, en torno a la idea de nación sudafricana. Es allí donde el rugby entra a jugar un papel de primera línea.

Los últimos ocho capítulos de este libro están dedicados a describir, con lujo de detalles, cómo Mandela, de la mano del rugby (y de los Springboks) conquistó el corazón de Sudáfrica, tanto negra como blanca, tal como se aprecia en la película Invictus, dirigida por Clint Eastwood, y protagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon. 

Como material suplementario a este libro recomendamos ver el partido de la final de la Copa del Mundo de 1995. Conociendo su contexto se hace mucho más emocionante verlo completo, para revivir las emociones de un pueblo que ha logrado superar sus diferencias en pro de la construcción de un gran proyecto nacional sudafricano. El partido completo puede verse en: http://youtu.be/LmQHWex_UFo

RESEÑA: Carlin, John. EL FACTOR HIUMANO. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación. Bogotá, Seix Barral, 2009 [2008]. Traducción de María Luisa Fernández Tapia. 334 págs.

                                                                                         Juan Camilo Biermann                                                                                                                             Historiador




miércoles, 11 de septiembre de 2013

12º Aniversario del 11-S

Al conmemorar el 12º aniversario de los atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001, cuando dos aviones impactaron en las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, se conmemora también el inicio de un nuevo orden mundial, basado en la lucha contra el terrorismo. Incluso, algunos analistas han coincidido en afirmar que con este acontecimiento se inició realmente el siglo XXI.
En cuanto al plano internacional, graves consecuencias derivaron de este trágico episodio. Una de ellas fue la paranoia internacional desatada con respecto al miedo de sufrir un ataque del mismo tipo, que ha llevado a varias naciones, principalmente Estados Unidos, a radicalizar sus medidas de seguridad. Por otra parte, el Islam y sus creyentes han sido desde entonces estigmatizados y perseguidos, sin que la muerte de Osama Bin Laden, presunto autor y responsable de los atentados, haya podido detener la cruzada emprendida por Estados Unidos para conjurar la gigantesca ofensa que, valga decir, tampoco logró satisfacción con la invasión a Irak, en donde se aseguraba que había armas químicas, pero cuya existencia nunca se pudo comprobar.
Doce años después el balance sigue siendo negativo. Para Estados Unidos resultó sumamente caro incursionar en conflictos en Medio Oriente y hoy, ad portas de una nueva conflagración en tierra árabe, ni la sociedad estadounidense ni su presidente están convencidos de las ventajas que pueda tener para Estados Unidos un ataque a Siria, considerando los altos costos económicos y políticos que han tenido que pagar anteriormente, mientras que para el resto del mundo, las consecuencias del 11 de Septiembre representan un grave retroceso en el camino del respeto a los Derechos Humanos, la tolerancia y la igualdad, en tanto que a partir de ese instante se ha dado en muchos países un incremento en las prácticas xenófobas y de rechazo hacia quienes profesan distintas religiones.
La salida a esta situación todavía no es clara. Hay un mapa político que aún se mueve y reacciona a la onda expansiva del derrumbe de esas dos torres, cuya imagen no podemos olvidar. La herida de Nueva York todavía no ha sanado y hoy Estados Unidos recordó con un minuto de silencio a sus víctimas, mientras que en el resto del mundo esperamos una salida pronta y diplomática al conflicto sirio y hacemos votos por el fin de la violencia y el sufrimiento para dicho país.
Luz de María Muñoz




sábado, 10 de agosto de 2013

68 AÑOS DESPUÉS DE NAGASAKI.

El 9 de Agosto de 1945, hace 68 años, la Fuerza Aérea de Estados Unidos lanzó sobre la ciudad japonesa de Nagasaki la segunda bomba atómica en la historia de la humanidad. La explosión sobre población civil cobró instantáneamente la vida de al menos 70 000 personas y significó la capitulación inmediata de Japón, hecho que precipitó el fin de la II Guerra Mundial. Tres días antes había sido detonada la bomba de Hiroshima y ambas han quedado grabadas en el inconsciente mundial como el símbolo de la aniquilación total.
Desde entonces, Japón recuerda a sus miles de víctimas, pero también el mundo vuelve a cuestionarse sobre la peligrosidad del manejo inadecuado de la energía nuclear. Después de más de medio siglo de tragedias y tensiones, el tema de la utilización de la energía atómica sigue generando fascinación y horror, ya que es eficaz y letal al mismo tiempo. En esta dicotomía eterna lo único que se ha evidenciado es que la humanidad aún no está preparada para asegurar un uso responsable de esta energía. Hoy mismo, al llevarse a cabo la ceremonia en memoria de las víctimas de Nagasaki, el alcalde de esta ciudad nipona criticó severamente el hecho de que Japón evadió la firma de un compromiso internacional en el que, junto con otras 80 naciones, se comprometería a “no usar nunca más las armas nucleares”, justo en el momento en que tampoco se sabe exactamente qué deben hacer con un reducto de aguas contaminadas de radiación por el reciente accidente de la central nuclear de Fukushima.
De manera que, una vez más, la memoria de la destrucción nos debe servir para que nunca más la humanidad pase de nuevo por un episodio similar.
Desde la Casa de la Historia hacemos fuerza por la concientización del uso responsable y pacífico de la energía atómica, que como todos los adelantos técnicos y científicos, debe estar al servicio de la humanidad.


                                                                                        Luz de María Muñoz.

sábado, 20 de julio de 2013

Los otros gritos. Movimientos sociales e insurrecciones diferentes al 20 de julio


“Todos queremos cambiar el mundo” John Lennon.
En cierta medida, el 20 de julio de 1810 parece una fecha inadecuada para conmemorarse como el día nacional de la “independencia”. En primer lugar, los incidentes del famoso florero y todas las demás acciones de ese día, que todos aprendimos en nuestras clases colegiales de la historia bien llamada “veintejuliera”, solo tuvieron epicentro en Santafé; y en segundo lugar, como ya la mayoría sabe, ese día no se declaró ninguna independencia, sino que solamente se creó un gobierno de locales para guardarle el puesto al Rey de España mientras este estaba preso a manos de Napoleón. 
Si queremos buscar el primer grito de independencia absoluta sería más adecuado remitirnos a la población de Mompós, que el 6 de agosto de ese mismo 1810, fue la primera de la Nueva Granada que se decidió a cortar con el gobierno de España por completo, como también lo haría al año siguiente Cartagena. En Santafé solo se vino a declarar la independencia absoluta en 1813, cuando Antonio Nariño llegó a la presidencia del Estado de Cundinamarca y decidió radicalizar la tibia posición que hasta ese momento tenían los notables criollos con respecto a la Metrópoli.
Y si queremos buscar el primer movimiento “nacional” revolucionario es más conveniente recordar la gran rebelión de los Comuneros de 1781. Este movimiento llegó a congregar a cientos de miles de neogranadinos y no se limitó a ser un recorrido de hombres y mujeres desde el actual Santander hasta Zipaquirá, sino que se extendió hasta cubrir regiones como Antioquia y los Llanos, y hasta Pasto y Popayán llegaron ecos de la insurrección. El conato de revolución se inició cuando el visitador del gobierno español, Gutiérrez de Piñeres, decidió aumentar abruptamente los impuestos de la región para ayudar a cubrir los gastos en los que estaba incurriendo el gobierno peninsular en su guerra contra Inglaterra (por esta misma razón Inglaterra hizo lo propio en las colonias norteamericanas y le costó la independencia de los Estados Unidos). Siendo un pueblo artesano y comerciante, en cierta medida el polo de desarrollo “industrial” más importante del virreinato, el Socorro y sus poblados vecinos entraron en franca rebeldía contra el gobierno español y exigieron una serie de cambios en el manejo político y económico del país. Se suele decir que la rebelión de los Comuneros (muchos la llaman “revuelta”) no fue tan importante porque no pidieron la independencia del Imperio español, pero la verdad es que cuando uno mira de cerca sus Capitulaciones, o pliego de peticiones, firmadas y después traicionadas por el virrey-arzobispo Antonio Caballero y Góngora, se da cuenta de que el cambio político por el que abogaban era mucho más revolucionario que el que llevaron a cabo los criollos de la Junta Suprema de Santafé.
Pero estos momentos no han sido los únicos en los que el pueblo de la actual Colombia se ha levantado pidiendo libertad o una mejor calidad de vida. Si queremos hacer una historia de la rebeldía en nuestro país tendríamos que remontarnos hasta la resistencia que los pueblos indígenas le hicieron a la conquista española en el siglo XVI. Aunque las huestes conquistadoras consiguieron más o menos fácilmente la dominación de los pueblos chibchas en el altiplano central, otra fue la historia de las guerras con los pueblos de raíz Caribe, que hasta el presente se preservan gracias a que nunca se dejaron reducir a encomiendas o a tributo. También dentro de la población africana traída a trabajar como esclava en nuestro territorio se vivió la rebelión, siendo tal vez la más famosa de ellas la de Benkos Biohó, proveniente de una familia real de Guinea, que no se dejó esclavizar y terminó fundando varios palenques y dando origen a San Basilio de Palenque, que en el presente se ha erigido como patrimonio de la humanidad.
Ya en la República, después de que el proceso de Independencia no cambiara profundamente el orden social del país, se dieron otros levantamientos y movimiento sociales que sacudieron nuestra historia, y que son dignos de recordar. En este artículo no voy a hablar de las supuestas “insurrecciones y revoluciones” impulsadas por los señores de la guerra, que van desde los federalistas y centralistas del siglo XIX hasta los actores armados del presente, que en dos siglos de vida independiente no han hecho sino inundar al país de sangre sin grandes cambios sociales, y que se han dedicado a practicar lo que un visitante extranjero alguna vez llamó “la principal industria colombiana”: las guerras civiles. Son más interesantes los levantamientos sociales salidos de la entraña misma del pueblo, de las amas de casa y de los trabajadores del común, cuando ven afectados sus medios más básicos de sostenimiento y de manutención de sus familias, pues las masas no han salido a las calles en las grandes revoluciones de la historia en nombre de ideales abstractos, sino porque la despensa estaba vacía en casa.
Así reaccionaron en nuestro país los artesanos que protestaron contra el libre comercio con Europa en el siglo XIX, pues la importación de productos manufacturados sin mayores impuestos significaba su ruina irremediable, al punto de que llegaron a apoyar un golpe de Estado, rápidamente conjurado, propinado por el general José María Melo contra José María Obando en 1854, pues el primero estaba a favor del proteccionismo económico y el segundo, del libre cambio. (Resulta paradójico que mientras que los ideales impulsados por las élites en el 20 de julio y en la Independencia de 1810 eran de libertad de comercio con el extranjero, la mayoría de revueltas populares de los siguientes dos siglos han sido precisamente a favor del proteccionismo económico). De igual manera reaccionaron los sastres de Bogotá que marcharon en 1919 exigiendo que el gobierno no importara los uniformes del ejército sino que se los encargara a ellos. Esta marcha resultó en la matanza de una decena de trabajadores, dando inicio a una serie de represiones que durante el siglo XX intentaron ahogar los gritos de rebeldía que el pueblo lanzaba por las represiones políticas y económicas. Reprimidos militarmente también fueron los famosos trabajadores de las bananeras, que en 1928 se fueron a la huelga contra la United Fruit Company y fueron masacrados en un número aún no determinado, pero que ha dado para todo tipo de reminiscencias, tanto históricas como literarias.
En la década de 1930 se dio en Colombia tal vez la única “revolución” que haya triunfado con ese nombre en la política nacional: la “revolución en marcha” del presidente Alfonso López Pumarejo. Sin embargo, la modernización política y económica que trajo el líder del Partido Liberal no alcanzó a dejar satisfechas a las grandes masas empobrecidas, que rápidamente encontraron en Jorge Eliécer Gaitán un caudillo que sí prometía grandes cambios sociales, los mismos que estaban pendientes desde la Independencia. Sin embargo, Gaitán fue asesinado y una feroz contrarrevolución, que buscaba acabar con el legado tanto de López como de Gaitán, se vivió en Colombia durante La Violencia y el Frente Nacional.


Las últimas décadas del siglo XX fueron en Colombia las del enfrentamiento entre las guerrillas armadas y las fuerzas del Estado, con un legado sangriento y un callejón sin salida que todos conocemos. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie, los que se indignan por el precio de la comida y la falta de trabajo, pero no quieren tener nada que ver con armas ni con guerras, siguen buscando el modo de que sus peticiones sean escuchadas y respetadas, como lo deben ser en una democracia. Son estas últimas las masas indignadas que están saliendo a las calles y sacudiendo al mundo en la actualidad, en una nueva oleada revolucionaria que inevitablemente, al igual que lo han hecho durante siglos, terminará cambiando el futuro.        

                                                                   Por: Nicolás Pernett. Historiador                                                                                                                  

jueves, 18 de julio de 2013

1990 EL FIN DEL APARTHEID: EL NACIMIENTO DE LA NACIÓN ARCOIRIS


El Apartheid, que en lengua afrikáans significa "separación", fue un sistema de segregación racial que afectó a la población negra de Sudáfrica desde 1948, cuando el Partido Nacional lo impuso como política oficial. Este sistema, que marginó a la mayor parte de la población sudafricana y la mantuvo en condiciones de miseria, se prolongó hasta 1990. La presión internacional y los movimientos internos de resistencia condujeron a su desmantelamiento y al posterior proceso de  transición a la democracia, impulsados por el luchador social Nelson Mandela.
 Sudáfrica había sido colonizada por blancos desde el siglo XVII, cuando llegaron los primeros inmigrantes holandeses. En el siglo XIX se convirtió en colonia británica tras el triunfo de los ingleses en esta zona. En 1910 Sudáfrica obtuvo autonomía limitada. Con ello inició un período en que ingleses y Boers (los descendientes de holandeses) compartieron el poder. Ambos velaron por el mantenimiento y consolidación de la hegemonía blanca. El racismo como manifestación de poder y superioridad, era desde hacía mucho tiempo una práctica habitual de la minoría blanca sudafricana. La legalización del Apartheid dividió profundamente a la sociedad. De su institucionalización surgió una estricta reglamentación que reducía al mínimo el contacto entre las razas, restringiendo a los negros la entrada y salida de las ciudades, su  tránsito y movilidad en ellas y los lugares u oficinas públicas a donde podían entrar. Jurídicamente, el Apartheid prohibía a los negros la tenencia de tierras en zonas residenciales de blancos, así como el ejercicio de profesiones o la apertura de negocios que representaran competencia o que se instalaran igualmente en  lugares restringidos. Los negros tampoco podían votar ni ser elegidos para puestos públicos. Sus derechos eran limitados y desde 1959 no eran reconocidos como ciudadanos sudafricanos.
 En 1960 en Sharpeville, tuvo lugar la primera gran manifestación en contra del Apartheid, que concluyó con la matanza de al menos 69 personas. A partir de ese momento, la lucha por los derechos de los sudafricanos, la caída del Apartheid y la democracia se convirtieron en los objetivos fundamentales para líderes como Nelson Mandela, quien pasó 27 años en prisión por su abierta oposición al régimen racista. Por otro lado, la opinión pública internacional comenzó a presionar y a censurar al gobierno sudafricano por sus acciones. En 1961 Sudáfrica fue expulsada de la Commonwealth. En 1972 se le excluyó de los Juegos Olímpicos de Múnich y, en 1977, el régimen sudafricano fue oficialmente condenado por la comunidad occidental y castigado con un embargo de armas y material militar. En 1985 la ONU convocó a un embargo económico al que se sumaron muchos países que incluso retiraron sus empresas e inversiones de Sudáfrica. Todo esto provocó una grave crisis que llevó a la intensificación de los disturbios civiles y obligó a las autoridades sudafricanas a aplicar algunas reformas. En 1989, Frederik de Klerk asumió la presidencia y, sin más alternativa, inició el desmantelamiento del Apartheid. Mandela fue liberado y llamado a jugar un rol fundamental debido al peso de su figura y su poder de convocatoria. En 1994 participó como candidato a la presidencia, cargo que obtuvo por mayoría absoluta. Con él, la población negra recuperó sus derechos civiles y políticos y Sudáfrica se convirtió en una República multirracial que busca convivir en el respeto por la diversidad de los pueblos que la conforman, por lo que se le ha llamado desde entonces la nación del arcoíris.



Casa de la Historia

NELSON MANDELA: EL MAESTRO DE LA LIBERTAD.



Nelson Mandela es uno de los hombres más importantes de nuestra época. La defensa por los derechos y la libertad de su pueblo lo ha consagrado como uno de los símbolos de la paz en el mundo. Nació el 18 de julio de 1918 en un pequeño poblado llamado Mvezo, provincia oriental del Cabo en Sudáfrica. Es abogado de profesión y líder social. Por su activismo en contra de las medidas de discriminación racial impuestas por el sistema del Apartheid en Sudáfrica, fue condenado a prisión en donde pasó 27 largos años.
Durante este tiempo, Mandela practicó y perfeccionó su ideología sobre el respeto hacia el otro y la reconciliación, inspirado en Gandhi, lo que le ayudó a  sobreponerse a las condiciones de humillación a las que se sometía a los prisioneros de la isla de Robben. En 1990 Frederik de Klerk, entonces presidente de la República de Sudáfrica, anunció la liberación de Mandela ante las medidas de presión que ejerció la comunidad internacional. Para entonces, el sistema de segregación racial del Apartheid era insostenible y la desmantelación de todas estas estructuras parecía inminente. Mandela asumió el reto de guiar a su pueblo hacia una nueva vida como nación a través del camino de la reconciliación entre blancos y negros. En 1993 recibió el Premio Nobel de la Paz que compartió con De Klerk y en 1994 asumió la presidencia de su país. Al término de su periodo presidencial, Mandela se retiró de la política dejando para su país un legado de democratización que ha sido ejemplo para el resto del mundo.
Desde entonces, Mandela se convirtió en vida en una figura representativa de la paz y en un referente de autoridad indiscutible sobre la defensa de la libertad y la igualdad. Saludemos hoy a Madiba en su cumpleaños 95 con un profundo agradecimiento por la insigne epopeya libertaria que lideró y por las enseñanzas que deja a todas las generaciones.
Luz de María Muñoz

Casa de la Historia

lunes, 8 de julio de 2013

THOREAU, Henry D., Desobediencia civil y otros escritos.

Henry David Thoreau nació el 12 de julio de 1817, en Concord (Massachusetts). Es recordado por ser autor de ensayos, poemas y conferencias; y también por haber dedicado muchos de sus textos a criticar las inconsistencias del naciente Estado norteamericano, encabezado por hombres que, a la vez que señalaban a América como la tierra de la libertad, mantenían vigente la esclavitud y no tenían ningún reparo en invadir a países vecinos (como lo fue en el caso de México, entre 1846 y 1848). Aunque más que sólo criticar la política y los políticos de su tiempo, Thoreau es reconocido como defensor del derecho a pensar por sí mismo. En este sentido, otorga un valor supremo a la conciencia de cada individuo, elevándola por encima de los principios establecidos por las leyes. Así lo afirma en Desobediencia Civil, su texto más conocido, “creo que debiéramos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo.”
El libro que aquí reseñamos está compuesto por cuatro ensayos. El orden en el que se presentan no es cronológico, sino que obedece, más bien, a un orden lógico. El primero de los ensayos, Una vida sin principios, puede verse como una declaración de principios o actitudes éticas fundamentales, que se verán desarrolladas a lo largo de los tres ensayos restantes, Desobediencia Civil, La esclavitud en Massachusetts y Apología del Capitán Brown.
El primer ensayo, Una vida sin principios, pese a la importancia que tienen a la hora de reconocer las bases fundamentales del pensamiento de Thoreau, no es el más conocido. Fue publicado por primera vez en el Atlantic Monthly, en octubre de 1863, a poco más de un año de la muerte del autor. Aquí, el tema central que lo ocupa es la preocupación en torno al modo y la forma como se nos va la vida. En relación a esto, podemos leer en este ensayo afirmaciones como: “Los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen. Haber hecho algo por lo que tan solo se percibe dinero es haber sido un auténtico holgazán o peor aún.” “No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta.” “Un hombre eficiente y valioso hace lo que sabe hacer, tanto si la comunidad le paga por ello como si no le paga.” “Si tuviera que vender mis mañanas y mis tardes a la sociedad, como hace la mayoría, estoy seguro de que no me quedaría nada por lo que vivir.” “No hay mayor equivocación que consumir la mayor parte de la vida en ganarse el sustento. […] Debéis ganaros la vida amando.” “Deberíamos tratar nuestras mentes, es decir, a nosotros mismos, como a niños inocentes e ingenuos y ser nuestros propios guardianes, y tener cuidado de prestar atención sólo a los objetos y los temas que merezcan la pena. No leáis el Times, leed el Eternidades.”

El segundo ensayo presente en este libro, La desobediencia civil (también conocido como “Sobre el deber de la desobediencia civil”) vio por primera vez la luz en las páginas del Aesthetic Papers, en mayo de 1849. Es éste el escrito más conocido e influyente de Thoreau, tanto que hasta el mismo Gandhi, en carta al presidente F. D. Roosevel, confiesa que ha logrado influenciar su pensamiento. Fue escrito en un momento en el que Estados Unidos estaba en guerra con México; una guerra que no sólo traería como resultado la anexión de vastos territorios otrora mexicanos, sino que le permitiría a Thoreau poner en evidencia las inconsistencias entre los ideales de la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos, y las prácticas del gobierno y los ciudadanos de la Unión Americana. Es así que afirma: “Miles de personas están, en teoría, en contra de la esclavitud y la guerra, pero de hecho no hacen nada por acabar con ellas; miles que se consideran hijos de Washington y Franklin, se sientan con las manos en los bolsillos y dicen que no saben qué hacer, y no hacen nada; miles que incluso posponen la cuestión de la libertad a la cuestión del mercado libre y leen en silencio las listas de precios y las noticias del frente de Méjico tras la cena, e incluso caen dormidos sobre ambos. ¿Cuál es el valor de un hombre honrado y de un patriota hoy? Dudan y se lamentan y a veces redactan escritos, pero no hacen nada serio y eficaz. Esperarán con la mayor disposición a que otros remedien el mal, para poder dejar de lamentarse. Como mucho, depositan un simple voto y hacen un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia al pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso, hay novecientos noventa y nueve que alardean de serlo, y es más fácil tratar con el auténtico poseedor de una cosa que con los que pretenden tenerla.”
Es precisamente esta inconsistencia e incoherencia entre principios y prácticas, sobre la que Thoreau basa buena parte de su argumentación a favor de la desobediencia civil: “Bajo un gobierno como este nuestro, muchos creen que deben esperar hasta convencer a la mayoría de la necesidad de alterarlo. […] Lo que tengo que hacer es asegurarme de que no me presto a hacer el daño que yo mismo condeno.” Más adelante añade: “Si mil hombres dejaran de pagar sus impuestos este año, tal medida no sería ni violenta ni cruel, mientras que si los pagan, se capacita al Estado para cometer actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes. Esta es la definición de una revolución pacífica, si tal es posible.” Y concluye: “Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan solo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.”
En los dos ensayos restantes (La esclavitud en MassachusettsLa esclavitud en Massachusetts y Apología del capitán John Brown) Thoreau habla de la necesidad de una ampliación efectiva de los derechos fundamentales e inalienables consagrados desde la Declaración de Independencia. Fundamenta su ataque a la esclavitud a partir de la exigencia de respeto por la dignidad de cada persona humana, independientemente de su condición. Así mismo, Thoreau se indigna ante los atropellos y abusos de los políticos en el poder y de los jueces de los altos tribunales, así como ante el servilismo de los periódicos frente a los gobiernos de turno. Y su reclamo, más que recurrir a argumentos políticos o económicos, apela a la igualdad entre seres humanos: “Quisiera recordarles a mis compatriotas que ante todo deben ser hombres, y americanos después, cuando así lo convenga. No importa lo valiosa que sea la ley para proteger las propiedades e incluso para mantener unidos el cuerpo y el alma, si no nos mantiene unidos a toda la humanidad.”

A pesar de que los ensayos que componen este libro fueron escritos hace poco más de siglo y medio, su vigencia se mantiene. Son textos que nos suenan aún familiares, cercanos, parte incluso de nuestras ideas. Textos cuyo contexto histórico nos permite percibir la valentía y la sensatez de una persona capaz de ver más allá de los destellos de la deslumbrante promesa de vivir en el país de la Libertad. Son también una invitación a escuchar nuestras propias conciencias, a observar el mundo con nuestros propios ojos y no a través de lo que los demás quieran que veamos. Son, en fin, un camino que nos conduce a nuestra libertad, con toda la responsabilidad que ello implica, como seres humanos, más allá de las diferencias, las ambiciones y los prejuicios que nos separan y que nos impiden constituirnos como una comunidad verdaderamente humana.
THOREAU, Henry D., Desobediencia civil y otros escritos. Madrid, Editorial Tecnos S.A., 1994 [1849-1863]. Estudio preliminar y notas de Juan José Coy. Traducción de Marián Eugenia Díaz. 152 págs.

Por: Juan Camilo Biermann 
Historiador de la Casa de la Historia
Junio de 2013

martes, 21 de mayo de 2013

21 de Mayo, día de la Afrocolombianidad.



Hoy se conmemoran 162 años de la abolición de la esclavitud en Colombia y es el momento también para realizar una reflexión en retrospectiva, para meditar sobre los avances que ha tenido nuestra sociedad con respecto a la igualdad de derechos entre todos sus ciudadanos. En Colombia hay aproximadamente 11 millones de personas afrodescendientes. La mayor parte de ellas residen en Cali y Cartagena, aunque también hay importantes poblaciones en Buenaventura, Quibdó y Bogotá. Sin embargo, su presencia permea toda nuestra realidad y es parte inherente de la identidad colombiana.
El reconocimiento de nuestra diversidad y el respeto por la identidad étnica, así como el respeto a todas las manifestaciones culturales de las múltiples tradiciones que existen entre nosotros, son ingredientes esenciales para la construcción de una sociedad más igualitaria, intercultural y pacífica.
Sea pues este día un momento propicio para valorar los logros y los pendientes que quedan todavía por atenderse en la búsqueda de la erradicación de cualquier tipo de discriminación. Recordemos también que a partir de la ley 725 de 2001, el Congreso de Colombia estableció el 21 de Mayo como Día Nacional de la Afrocolombianidad,  impulsando con ello diversas iniciativas y actividades en todo el país para el desarrollo integral de la comunidad afrodescendiente.  


lunes, 8 de abril de 2013

JORGE ELIÉCER GAITÁN Y LOS USOS DE LA MEMORIA


JORGE ELIÉCER GAITÁN Y LOS USOS DE LA MEMORIA

                                       
 Hay una vieja canción de Joan Manuel Serrat basada en un poema de Antonio Machado, llamada “La saeta”, que pone en voz de los gitanos de España el lamento: “No eres tú mi cantar. No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”. Creo que se puede decir algo muy similar sobre la memoria del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, pues desde su asesinato el 9 de abril de 1948 se ha recordado más su sacrificio y los desórdenes que le siguieron que el pensamiento y obra de quien participó activamente durante más de veinte años de la vida política nacional.
Hay que recordar que Jorge Eliécer Gaitán no fue solamente un candidato presidencial asesinado, sino un político que en su corta vida alcanzó a ocupar posiciones tan importantes como representante a la Cámara, ministro de Educación, ministro de Trabajo, magistrado de la Corte Suprema de Justicia y alcalde de Bogotá. Durante su ejercicio en estas entidades, Gaitán alcanzó a introducir innovaciones administrativas y a poner sobre el tapete temas inéditos en la administración nacional. En 1929, por ejemplo, mientras era representante a la Cámara, adelantó el primer debate nacional sobre el incidente de “la masacre de las bananeras”, ocurrido en diciembre del año anterior, y en él denunció la gravedad de la represión militar en el departamento del Magdalena a la huelga de trabajadores del banano. El incidente de la masacre de los trabajadores, que posteriormente inmortalizaría Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, fue difundido en un primer momento por la voz portentosa y la oratoria ardiente del joven liberal en el recinto del Congreso de la República en el mes de septiembre de ese año.      

 Poco después, cuando fue ministro de Educación, Gaitán defendió la propuesta de comedores escolares para los estudiantes del país, y como alcalde de Bogotá ordenó campañas de higiene entre la población, como el uso obligatorio de zapatos o el uso de uniformes limpios para los empleados públicos. Estas medidas se tradujeron en una mejora en la calidad de vida de miles de niños y la dignificación y salud de los trabajadores distritales. También en su posición de alcalde de la capital, Gaitán alcanzó a inaugurar la primera Feria del Libro de Bogotá (Gaitán fue hijo de una maestra de escuela y de un librero), evento que se ha venido realizando hasta el día de hoy, precisamente en el mismo mes que el del magnicidio del líder, sin que muchas veces se ponga en evidencia la relación existente entre ambos sucesos. 

Aunque no hubiera sido desde un cargo público, Jorge Eliécer Gaitán también cambió para siempre la política colombiana en su papel de candidato en las campañas presidenciales para las elecciones de 1946 y 1950. En primer lugar, fue uno de los primeros que puso en boca de los hombres de gobierno el tema de la reivindicación y protección de las clases populares. Para ese momento América Latina bullía con la nueva fuerza de las clases trabajadoras y campesinas que se levantaban para exigir un papel protagónico en la sociedad. El aumento de la población y la migración de buena parte de esta del campo a la ciudad para trabajar en las emergentes industrias que se montaban en América del Sur hicieron que surgiera una gran masa urbana que se apoyaba en líderes populistas como Juan Domingo Perón, en Argentina y Lázaro Cárdenas, en México, quienes defendían el nacionalismo y la vida digna para todos. En Colombia, Jorge Eliécer Gaitán fue el líder en sintonía con este fenómeno continental y, aunque no tuvo la oportunidad de poner en práctica los proyectos que contemplaba para las clases desfavorecidas, su constante alusión al pueblo raso, por encima de los partidos Liberal y Conservador, introdujo una nueva retórica de carácter social en los discursos políticos de la segunda mitad del siglo XX, a pesar de que muchas veces esa orientación se convirtiera en demagogia vacía en la voz de otros candidatos.

Otro cambio radical en las costumbres políticas de Colombia asociadas a las campañas gaitanistas fue la aparición de la pasión y de los temas de la vida cotidiana en los asuntos tratados en sus discursos. Colombia venía desde 1886 en una tradición de índole conservadora donde la norma era que los presidentes y estadistas se dedicaran al cultivo de las letras, la gramática y la poesía, y se debatieran los temas de interés nacional en ámbitos cerrados en la capital de la República, sin representantes del pueblo ni referencias a los temas de interés del país real. En los discursos de Gaitán, por el contrario, los problemas de cada familia para alimentar a sus hijos reemplazaron las referencias a la Biblia, y los estentóreos gritos  “¡por la restauración moral, a la carga!” desplazaron los latinajos y alusiones al pasado greco-romano. En su voz, los temas concretos eran más importantes que las alusiones abstractas a la política teórica. Gaitán modernizó la retórica política colombiana y desde entonces, ya sea con sinceridad o hipocresía, los hombres de Estado se han referido constantemente a los asuntos de interés popular en sus alocuciones e intervenciones mediáticas.
 Lastimosamente, la brillante carrera de Jorge Eliécer Gaitán fue destruida violentamente el 9 de abril de 1948, cuando se proyectaba como el favorito para ganar las elecciones presidenciales de 1950. El día de su muerte se desató en todo el país la rabia de un pueblo que sintió truncadas sus esperanzas una vez más. Por eso es en cierta medida incorrecto seguir hablando del “Bogotazo” para recordar ese día, pues no fue solo en Bogotá que se presentaron incidentes en contra del gobierno conservador. El 9 de abril de 1948 no hubo únicamente una revuelta popular descontrolada sino un auténtico intento de revolución. En lugares como Barrancabermeja, por ejemplo, se estableció durante más de una semana un autodenominado “poder popular” que tomó el poder en nombre de su caudillo caído y en muchos pueblos y ciudades del país se organizaron batallones de carácter revolucionario. Como se sabe, este levantamiento no alcanzó a derrotar al conservatismo en el poder, pero se puede considerar como un momento histórico del alcance e importancia de la revolución de los Comuneros de 1781 o de la Junta Popular de Santafé que se conformó, paralelamente a la Junta Suprema, el 20 de julio de 1810. También es inexacto pensar que ese día aciago la mayor parte de Bogotá fue destruida por las muchedumbres liberales. Sin duda hubo destrozos considerables cerca del lugar del homicidio, pero con el tiempo se ha comprobado que muchos edificios solo sufrieron daños superficiales pero fueron poco después demolidos para adelantar procesos de renovación urbana en la ciudad, aduciendo supuestos daños irreparables causados por el “Bogotazo”.
Pero lo más triste de la memoria del 9 de abril es que se haya tomado como la única fecha conveniente para  recordar a Jorge Eliécer Gaitán. Se diría casi que se le quiere recordar como un muerto y no como un vivo. Nunca es tarde para cambiar esta costumbre y empezar a recordar a Jorge Eliécer Gaitán como lo que fue: un hombre que vivió, propuso y logró algunos cambios invaluables en la política del país, y cuya voz e ideas siguen teniendo eco 65 años después de su muerte.
Si desea escuchar algunos fragmentos de los discursos de Jorge Eliécer Gaitán, puede hacerlo en
          
Por: Nicolás Pernett. Historiador. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

DAVID LIVINGSTONE: UN CORAZÓN QUE LATE DESDE ÁFRICA



El 19 de marzo se cumplió el bicentenario del natalicio en 1813 de David Livingstone, el gran explorador y médico escocés que vivió en África durante más de 30 años y cuya memoria sigue viva en dicho continente gracias al amor y la entrega con la que trabajó entre su gente hasta que la disentería (última enfermedad tropical, de las muchas que padeció), se lo llevó.
Livingstone es considerado como el “primer luchador por la libertad de África”, ya que denunció los maltratos que sufría la población y condenó duramente la esclavitud, haciendo un llamado para que se liberara al África de este mal,  en un tiempo en que Inglaterra era prácticamente la dueña del mundo.
Sus exploraciones y travesías por el territorio africano son legendarias, así como su calidad humana y la misión evangelizadora que llevó a cabo en la región. Livingstone participó también en la búsqueda del nacimiento del río Nilo, cartografió enormes extensiones y descubrió las Cataratas Victoria, a las que bautizó así en honor de la reina de Inglaterra.
Por otro lado, Livingstone es sin lugar a dudas uno de los pocos personajes blancos que conservan una amada memoria entre los pueblos africanos que lo conocieron. Su paso por diferentes ciudades ha dejado huella en nombres que se conservan como Blantyre y  Livingstonia en Malaui, así como la ciudad de Livingstone en Zambia. A la muerte del filántropo en 1873, Inglaterra reclamó la repatriación del cuerpo para brindarle sepultura y honores en la Abadía de Westminster, pero antes de que los restos de Livingstone partieran para siempre, los africanos que lo acompañaron en sus últimos momentos sacaron el corazón de su cuerpo y lo enterraron bajo un árbol, porque su corazón, decían, pertenecía a África.

viernes, 8 de marzo de 2013

8 DE MARZO, DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER


Como reconocimiento a la larga lucha femenina por la defensa de sus derechos, iniciada desde finales del siglo XIX,  en 1975 la ONU decretó oficialmente al día 8 de Marzo como Día Internacional de la Mujer. Esta fecha recuerda además el trágico episodio ocurrido en 1908 en la fábrica Cotton Textile Factory de Washington, cuando las obreras que trabajaban en condiciones miserables se declararon en huelga para exigir mejoras laborales. En vez de atender a sus demandas, las obreras fueron encerradas  y el dueño prendió fuego a las instalaciones, dando como resultado la muerte de más de cien mujeres que sólo querían trabajar dignamente.
Más adelante, las aceleradas transformaciones que tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XX le dieron mayor resonancia a las movilizaciones de miles de mujeres en todo el mundo, sin embargo, el tercer milenio nos alcanzó con grandes pendientes como la erradicación de la violencia de género y la no-discriminación.


MOVIMIENTOS FEMINISTAS DEL SIGLO XX
Las figuras femeninas que han luchado por los derechos de la mujer a lo largo de la historia han sido muchas, pero fue en 1963 con la publicación de la novela La Mística Femenina (The Feminine Mystique) de Betty Friedan que los movimientos feministas como los conocemos ahora tuvieron un poder real de transformación. Las mujeres que impulsaron estos movimientos se veían a sí mismas como parte de una sociedad para la cual eran invisibles, que insistía en no reconocerlas como parte activa y fundamental. Desde las guerras mundiales, hicieron parte esencial de la fuerza laboral que mantenía a las naciones a flote, pero la aceptación de este hecho tardó mucho en llegar.
De esta forma, los movimientos feministas de los años sesenta construyeron una base teórica que les dio el poder real de transformación que por mucho tiempo buscaron. Entender y cuestionar las condiciones en las que vivían de forma cotidiana las llevó a poner como centro de su reflexión a la feminidad misma: aquello que significa ser mujer. De esta manera, las mujeres abrieron la posibilidad de empoderarse de la construcción de su propio género, a través de la constitución de su papel en la sociedad. Lograr esto significó ser visibles incluso para ellas mismas, ver aquello de lo que eran capaces y, en consecuencia, transformar su realidad.
El alcance de estas transformaciones empezó con el derecho a condiciones laborales dignas e igual oportunidad con los hombres. Esto garantizó una presencia mínima en el engranaje social, que permitió extender sus exigencias y cambios a otros ámbitos, como el derecho a la educación, al conocimiento, al voto, a la libertad y la decisión. En su expresión más radical, el feminismo ha llegado a exigir que se le regrese a la mujer, en un profundo sentido, su cuerpo y su sexualidad. El poder emancipatorio de los movimientos feministas se expresa en la posibilidad que ahora tienen las mujeres en gran parte del mundo de autodeterminar su propio destino. 
 












Casa de la Historia

viernes, 8 de febrero de 2013

LOS CARNAVALES: UNA FIESTA DE LIBERACIÓN Y ALEGRÍA



Los carnavales son una fiesta de origen pagano que se llevan a cabo en muchos países del mundo católico durante los días previos al miércoles de ceniza. Aún hoy, estas fiestas representan una catarsis colectiva de liberación en donde prevalece la alegría, la música y el frenesí de la celebración.
En siglos pasados, los días de carnaval eran el único momento del año en que se podía dar rienda suelta a las pasiones y transgredir las normas que imponían las sociedades católicas, que obligaban a los creyentes a guardar estricto recogimiento durante el periodo de cuaresma, so pena de duros castigos. De esta forma, con el miércoles de ceniza iniciaba formalmente el tiempo de oración, penitencia y ayuno.
Estas prácticas se venían realizando en Europa desde tiempo muy antiguo. Entre los griegos y los romanos eran fiestas en honor de  Dionisos (llamado Baco por los romanos) caracterizadas por el consumo de vino y la búsqueda del delirio místico con danzas y música, que ya incluso resultaban escandalosas para los graves patricios romanos. Posteriormente, aun con la cristianización del Imperio, la fiesta de celebración a Baco permaneció fuertemente arraigada entre la gente, de tal forma que ya en la Europa cristiana de la Edad Media, particularmente en Roma y en Venecia, había manifestaciones populares que recordaban singularmente a la antigua celebración dionisiaca y que se realizaban como preparación para el tiempo del Carne-levare o “tiempo sin carne” (la cuaresma), siendo esta  una de las posibles etimologías de la palabra “carnaval”.
Paulatinamente las fiestas preparatorias para el carne-levare se fueron extendiendo hasta convertirse en una celebración tradicional en países como España, Alemania, Italia, Francia y Bélgica. América recibió la fiesta del carnaval por medio de los conquistadores que arribaron en el siglo XVI, en donde se enriqueció con influencias de los pueblos originarios y con las aportaciones de la herencia africana. Como resultado, el Carnaval es también una muestra sincrética del multiculturalismo de nuestro continente, donde las manifestaciones artísticas y culturales germinaron con abundancia. Tal es el caso de Brasil, Colombia, México, Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Venezuela, países en donde se llevan a cabo importantes fiestas de carnaval.
Sin duda el de Brasil es de los carnavales más importantes de América Latina y quizá también el más conocido en el mundo gracias a su fastuosidad y a su característica música samba. Colombia sin embargo, no se queda atrás, pues el Carnaval de Barranquilla no sólo es Patrimonio Cultural de la Nación, sino que ya en el año 2003 fue declarado por  la UNESCO como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Además, Barranquilla festeja en esta ocasión su Bicentenario, de manera que nos invita a gozar doblemente con su fiesta alegre, diversa y multicolor.
Luz de María Muñoz

miércoles, 30 de enero de 2013

MAHATMA GANDHI, 65 AÑOS SIN SU PRESENCIA.


El 30 de enero de 1948, al atardecer de un día esplendoroso y cuando se dirigía al rezo vespertino, Mahatma Gandhi fue asesinado por un radical hindú. Tenía 78 años y toda una vida de servicio en búsqueda de la paz de la India. Gandhi es una de las figuras más significativas del siglo XX ya que lideró espiritual e ideológicamente  la resistencia de su pueblo en contra de la colonización británica. Uno de los más importantes acontecimientos que tuvieron lugar dentro de su resistencia no-violenta en contra del gobierno colonial, fue la Marcha de la Sal, realizada en 1930 y que movilizó a miles de seguidores que caminaron hasta el mar para recoger la sal cuyo monopolio mantenía el gobierno. Gandhi fue encarcelado entonces y no sería la última vez, pero a raíz del impacto que tuvo este acto de  desobediencia civil multitudinaria, la India caminaba hacia su independencia.

El Mahatma (alma grande) prosiguió su labor entre ayunos, rezos y manifestaciones hasta el último de sus días, dejándonos el mensaje que ha trascendido el tiempo y las fronteras y que nos invita siempre a no olvidar que hoy, como hace 65 años, “no hay caminos para la paz, la paz es el camino”.

1930: MAHATMA GANDHI LIDERA LA MARCHA DE LA SAL
El 12 de marzo de 1930 el líder indio Mahatma Gandhi salió del ashram de Ahmedabad, en el occidente de la India, para iniciar junto con sus seguidores el recorrido de más de 300 kilómetros hacia el Océano Índico, conocido como La Marcha de la Sal. Esto ocurrió en el marco de las acciones programadas dentro del movimiento de desobediencia civil, resistencia y no-violencia contra el régimen colonial británico, que tenían como objetivo el de lograr la independencia de la India.
En aquel momento, la producción y comercio de la sal era un monopolio controlado por las autoridades británicas. Era un condimento fundamental para la población india, ya que se utilizada no sólo para sazonar alimentos, sino para conservarlos, pues no contaban con sistemas de refrigeración. Por este motivo, Gandhi decidió impulsar el boicot social al monopolio de la sal como respuesta a las infructuosas gestiones políticas para que los indios tuvieran mayor representación en la Commonwealth británica, como la tenían Canadá o Australia.
Pero el rasgo fundamental que diferenciaba a esta campaña de desobediencia civil era la resistencia por métodos pacíficos como forma de presión política. Así, con la Marcha de la Sal comenzó oficialmente el movimiento para lograr la independencia de la India. Poco antes de arrancar la marcha, Gandhi pronunció un discurso en donde instruyó a sus seguidores sobre las diversas formas en las que se podía infringir la ley sobre la sal y sabotear así el control gubernamental. Posteriormente, al llegar a las orillas del Océano Índico el 6 de abril de 1930 y en un acto simbólico, Gandhi tomó agua salada entre sus manos. Con este acto infringía la ley británica que condenaba incluso el hecho de llevar sal marina. El gesto del Mahatma fue imitado por miles y miles de indios, que no pudieron ser contenidos por las fuerzas del gobierno. Gandhi fue arrestado y pasó nueve meses en prisión como consecuencia de la marcha, pero nada pudo evitar la extensión de la desobediencia. Presionadas, las autoridades se vieron obligadas a derogar el monopolio.
En 1931, Gandhi viajó a Londres donde fue recibido triunfalmente. El camino para lograr la independencia estaba hecho, pero el proceso fue suspendido por causa de la Segunda Guerra Mundial, hasta concretarse finalmente en 1947.