sábado, 20 de julio de 2013

Los otros gritos. Movimientos sociales e insurrecciones diferentes al 20 de julio


“Todos queremos cambiar el mundo” John Lennon.
En cierta medida, el 20 de julio de 1810 parece una fecha inadecuada para conmemorarse como el día nacional de la “independencia”. En primer lugar, los incidentes del famoso florero y todas las demás acciones de ese día, que todos aprendimos en nuestras clases colegiales de la historia bien llamada “veintejuliera”, solo tuvieron epicentro en Santafé; y en segundo lugar, como ya la mayoría sabe, ese día no se declaró ninguna independencia, sino que solamente se creó un gobierno de locales para guardarle el puesto al Rey de España mientras este estaba preso a manos de Napoleón. 
Si queremos buscar el primer grito de independencia absoluta sería más adecuado remitirnos a la población de Mompós, que el 6 de agosto de ese mismo 1810, fue la primera de la Nueva Granada que se decidió a cortar con el gobierno de España por completo, como también lo haría al año siguiente Cartagena. En Santafé solo se vino a declarar la independencia absoluta en 1813, cuando Antonio Nariño llegó a la presidencia del Estado de Cundinamarca y decidió radicalizar la tibia posición que hasta ese momento tenían los notables criollos con respecto a la Metrópoli.
Y si queremos buscar el primer movimiento “nacional” revolucionario es más conveniente recordar la gran rebelión de los Comuneros de 1781. Este movimiento llegó a congregar a cientos de miles de neogranadinos y no se limitó a ser un recorrido de hombres y mujeres desde el actual Santander hasta Zipaquirá, sino que se extendió hasta cubrir regiones como Antioquia y los Llanos, y hasta Pasto y Popayán llegaron ecos de la insurrección. El conato de revolución se inició cuando el visitador del gobierno español, Gutiérrez de Piñeres, decidió aumentar abruptamente los impuestos de la región para ayudar a cubrir los gastos en los que estaba incurriendo el gobierno peninsular en su guerra contra Inglaterra (por esta misma razón Inglaterra hizo lo propio en las colonias norteamericanas y le costó la independencia de los Estados Unidos). Siendo un pueblo artesano y comerciante, en cierta medida el polo de desarrollo “industrial” más importante del virreinato, el Socorro y sus poblados vecinos entraron en franca rebeldía contra el gobierno español y exigieron una serie de cambios en el manejo político y económico del país. Se suele decir que la rebelión de los Comuneros (muchos la llaman “revuelta”) no fue tan importante porque no pidieron la independencia del Imperio español, pero la verdad es que cuando uno mira de cerca sus Capitulaciones, o pliego de peticiones, firmadas y después traicionadas por el virrey-arzobispo Antonio Caballero y Góngora, se da cuenta de que el cambio político por el que abogaban era mucho más revolucionario que el que llevaron a cabo los criollos de la Junta Suprema de Santafé.
Pero estos momentos no han sido los únicos en los que el pueblo de la actual Colombia se ha levantado pidiendo libertad o una mejor calidad de vida. Si queremos hacer una historia de la rebeldía en nuestro país tendríamos que remontarnos hasta la resistencia que los pueblos indígenas le hicieron a la conquista española en el siglo XVI. Aunque las huestes conquistadoras consiguieron más o menos fácilmente la dominación de los pueblos chibchas en el altiplano central, otra fue la historia de las guerras con los pueblos de raíz Caribe, que hasta el presente se preservan gracias a que nunca se dejaron reducir a encomiendas o a tributo. También dentro de la población africana traída a trabajar como esclava en nuestro territorio se vivió la rebelión, siendo tal vez la más famosa de ellas la de Benkos Biohó, proveniente de una familia real de Guinea, que no se dejó esclavizar y terminó fundando varios palenques y dando origen a San Basilio de Palenque, que en el presente se ha erigido como patrimonio de la humanidad.
Ya en la República, después de que el proceso de Independencia no cambiara profundamente el orden social del país, se dieron otros levantamientos y movimiento sociales que sacudieron nuestra historia, y que son dignos de recordar. En este artículo no voy a hablar de las supuestas “insurrecciones y revoluciones” impulsadas por los señores de la guerra, que van desde los federalistas y centralistas del siglo XIX hasta los actores armados del presente, que en dos siglos de vida independiente no han hecho sino inundar al país de sangre sin grandes cambios sociales, y que se han dedicado a practicar lo que un visitante extranjero alguna vez llamó “la principal industria colombiana”: las guerras civiles. Son más interesantes los levantamientos sociales salidos de la entraña misma del pueblo, de las amas de casa y de los trabajadores del común, cuando ven afectados sus medios más básicos de sostenimiento y de manutención de sus familias, pues las masas no han salido a las calles en las grandes revoluciones de la historia en nombre de ideales abstractos, sino porque la despensa estaba vacía en casa.
Así reaccionaron en nuestro país los artesanos que protestaron contra el libre comercio con Europa en el siglo XIX, pues la importación de productos manufacturados sin mayores impuestos significaba su ruina irremediable, al punto de que llegaron a apoyar un golpe de Estado, rápidamente conjurado, propinado por el general José María Melo contra José María Obando en 1854, pues el primero estaba a favor del proteccionismo económico y el segundo, del libre cambio. (Resulta paradójico que mientras que los ideales impulsados por las élites en el 20 de julio y en la Independencia de 1810 eran de libertad de comercio con el extranjero, la mayoría de revueltas populares de los siguientes dos siglos han sido precisamente a favor del proteccionismo económico). De igual manera reaccionaron los sastres de Bogotá que marcharon en 1919 exigiendo que el gobierno no importara los uniformes del ejército sino que se los encargara a ellos. Esta marcha resultó en la matanza de una decena de trabajadores, dando inicio a una serie de represiones que durante el siglo XX intentaron ahogar los gritos de rebeldía que el pueblo lanzaba por las represiones políticas y económicas. Reprimidos militarmente también fueron los famosos trabajadores de las bananeras, que en 1928 se fueron a la huelga contra la United Fruit Company y fueron masacrados en un número aún no determinado, pero que ha dado para todo tipo de reminiscencias, tanto históricas como literarias.
En la década de 1930 se dio en Colombia tal vez la única “revolución” que haya triunfado con ese nombre en la política nacional: la “revolución en marcha” del presidente Alfonso López Pumarejo. Sin embargo, la modernización política y económica que trajo el líder del Partido Liberal no alcanzó a dejar satisfechas a las grandes masas empobrecidas, que rápidamente encontraron en Jorge Eliécer Gaitán un caudillo que sí prometía grandes cambios sociales, los mismos que estaban pendientes desde la Independencia. Sin embargo, Gaitán fue asesinado y una feroz contrarrevolución, que buscaba acabar con el legado tanto de López como de Gaitán, se vivió en Colombia durante La Violencia y el Frente Nacional.


Las últimas décadas del siglo XX fueron en Colombia las del enfrentamiento entre las guerrillas armadas y las fuerzas del Estado, con un legado sangriento y un callejón sin salida que todos conocemos. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie, los que se indignan por el precio de la comida y la falta de trabajo, pero no quieren tener nada que ver con armas ni con guerras, siguen buscando el modo de que sus peticiones sean escuchadas y respetadas, como lo deben ser en una democracia. Son estas últimas las masas indignadas que están saliendo a las calles y sacudiendo al mundo en la actualidad, en una nueva oleada revolucionaria que inevitablemente, al igual que lo han hecho durante siglos, terminará cambiando el futuro.        

                                                                   Por: Nicolás Pernett. Historiador                                                                                                                  

jueves, 18 de julio de 2013

1990 EL FIN DEL APARTHEID: EL NACIMIENTO DE LA NACIÓN ARCOIRIS


El Apartheid, que en lengua afrikáans significa "separación", fue un sistema de segregación racial que afectó a la población negra de Sudáfrica desde 1948, cuando el Partido Nacional lo impuso como política oficial. Este sistema, que marginó a la mayor parte de la población sudafricana y la mantuvo en condiciones de miseria, se prolongó hasta 1990. La presión internacional y los movimientos internos de resistencia condujeron a su desmantelamiento y al posterior proceso de  transición a la democracia, impulsados por el luchador social Nelson Mandela.
 Sudáfrica había sido colonizada por blancos desde el siglo XVII, cuando llegaron los primeros inmigrantes holandeses. En el siglo XIX se convirtió en colonia británica tras el triunfo de los ingleses en esta zona. En 1910 Sudáfrica obtuvo autonomía limitada. Con ello inició un período en que ingleses y Boers (los descendientes de holandeses) compartieron el poder. Ambos velaron por el mantenimiento y consolidación de la hegemonía blanca. El racismo como manifestación de poder y superioridad, era desde hacía mucho tiempo una práctica habitual de la minoría blanca sudafricana. La legalización del Apartheid dividió profundamente a la sociedad. De su institucionalización surgió una estricta reglamentación que reducía al mínimo el contacto entre las razas, restringiendo a los negros la entrada y salida de las ciudades, su  tránsito y movilidad en ellas y los lugares u oficinas públicas a donde podían entrar. Jurídicamente, el Apartheid prohibía a los negros la tenencia de tierras en zonas residenciales de blancos, así como el ejercicio de profesiones o la apertura de negocios que representaran competencia o que se instalaran igualmente en  lugares restringidos. Los negros tampoco podían votar ni ser elegidos para puestos públicos. Sus derechos eran limitados y desde 1959 no eran reconocidos como ciudadanos sudafricanos.
 En 1960 en Sharpeville, tuvo lugar la primera gran manifestación en contra del Apartheid, que concluyó con la matanza de al menos 69 personas. A partir de ese momento, la lucha por los derechos de los sudafricanos, la caída del Apartheid y la democracia se convirtieron en los objetivos fundamentales para líderes como Nelson Mandela, quien pasó 27 años en prisión por su abierta oposición al régimen racista. Por otro lado, la opinión pública internacional comenzó a presionar y a censurar al gobierno sudafricano por sus acciones. En 1961 Sudáfrica fue expulsada de la Commonwealth. En 1972 se le excluyó de los Juegos Olímpicos de Múnich y, en 1977, el régimen sudafricano fue oficialmente condenado por la comunidad occidental y castigado con un embargo de armas y material militar. En 1985 la ONU convocó a un embargo económico al que se sumaron muchos países que incluso retiraron sus empresas e inversiones de Sudáfrica. Todo esto provocó una grave crisis que llevó a la intensificación de los disturbios civiles y obligó a las autoridades sudafricanas a aplicar algunas reformas. En 1989, Frederik de Klerk asumió la presidencia y, sin más alternativa, inició el desmantelamiento del Apartheid. Mandela fue liberado y llamado a jugar un rol fundamental debido al peso de su figura y su poder de convocatoria. En 1994 participó como candidato a la presidencia, cargo que obtuvo por mayoría absoluta. Con él, la población negra recuperó sus derechos civiles y políticos y Sudáfrica se convirtió en una República multirracial que busca convivir en el respeto por la diversidad de los pueblos que la conforman, por lo que se le ha llamado desde entonces la nación del arcoíris.



Casa de la Historia

NELSON MANDELA: EL MAESTRO DE LA LIBERTAD.



Nelson Mandela es uno de los hombres más importantes de nuestra época. La defensa por los derechos y la libertad de su pueblo lo ha consagrado como uno de los símbolos de la paz en el mundo. Nació el 18 de julio de 1918 en un pequeño poblado llamado Mvezo, provincia oriental del Cabo en Sudáfrica. Es abogado de profesión y líder social. Por su activismo en contra de las medidas de discriminación racial impuestas por el sistema del Apartheid en Sudáfrica, fue condenado a prisión en donde pasó 27 largos años.
Durante este tiempo, Mandela practicó y perfeccionó su ideología sobre el respeto hacia el otro y la reconciliación, inspirado en Gandhi, lo que le ayudó a  sobreponerse a las condiciones de humillación a las que se sometía a los prisioneros de la isla de Robben. En 1990 Frederik de Klerk, entonces presidente de la República de Sudáfrica, anunció la liberación de Mandela ante las medidas de presión que ejerció la comunidad internacional. Para entonces, el sistema de segregación racial del Apartheid era insostenible y la desmantelación de todas estas estructuras parecía inminente. Mandela asumió el reto de guiar a su pueblo hacia una nueva vida como nación a través del camino de la reconciliación entre blancos y negros. En 1993 recibió el Premio Nobel de la Paz que compartió con De Klerk y en 1994 asumió la presidencia de su país. Al término de su periodo presidencial, Mandela se retiró de la política dejando para su país un legado de democratización que ha sido ejemplo para el resto del mundo.
Desde entonces, Mandela se convirtió en vida en una figura representativa de la paz y en un referente de autoridad indiscutible sobre la defensa de la libertad y la igualdad. Saludemos hoy a Madiba en su cumpleaños 95 con un profundo agradecimiento por la insigne epopeya libertaria que lideró y por las enseñanzas que deja a todas las generaciones.
Luz de María Muñoz

Casa de la Historia

lunes, 8 de julio de 2013

THOREAU, Henry D., Desobediencia civil y otros escritos.

Henry David Thoreau nació el 12 de julio de 1817, en Concord (Massachusetts). Es recordado por ser autor de ensayos, poemas y conferencias; y también por haber dedicado muchos de sus textos a criticar las inconsistencias del naciente Estado norteamericano, encabezado por hombres que, a la vez que señalaban a América como la tierra de la libertad, mantenían vigente la esclavitud y no tenían ningún reparo en invadir a países vecinos (como lo fue en el caso de México, entre 1846 y 1848). Aunque más que sólo criticar la política y los políticos de su tiempo, Thoreau es reconocido como defensor del derecho a pensar por sí mismo. En este sentido, otorga un valor supremo a la conciencia de cada individuo, elevándola por encima de los principios establecidos por las leyes. Así lo afirma en Desobediencia Civil, su texto más conocido, “creo que debiéramos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo.”
El libro que aquí reseñamos está compuesto por cuatro ensayos. El orden en el que se presentan no es cronológico, sino que obedece, más bien, a un orden lógico. El primero de los ensayos, Una vida sin principios, puede verse como una declaración de principios o actitudes éticas fundamentales, que se verán desarrolladas a lo largo de los tres ensayos restantes, Desobediencia Civil, La esclavitud en Massachusetts y Apología del Capitán Brown.
El primer ensayo, Una vida sin principios, pese a la importancia que tienen a la hora de reconocer las bases fundamentales del pensamiento de Thoreau, no es el más conocido. Fue publicado por primera vez en el Atlantic Monthly, en octubre de 1863, a poco más de un año de la muerte del autor. Aquí, el tema central que lo ocupa es la preocupación en torno al modo y la forma como se nos va la vida. En relación a esto, podemos leer en este ensayo afirmaciones como: “Los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen. Haber hecho algo por lo que tan solo se percibe dinero es haber sido un auténtico holgazán o peor aún.” “No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta.” “Un hombre eficiente y valioso hace lo que sabe hacer, tanto si la comunidad le paga por ello como si no le paga.” “Si tuviera que vender mis mañanas y mis tardes a la sociedad, como hace la mayoría, estoy seguro de que no me quedaría nada por lo que vivir.” “No hay mayor equivocación que consumir la mayor parte de la vida en ganarse el sustento. […] Debéis ganaros la vida amando.” “Deberíamos tratar nuestras mentes, es decir, a nosotros mismos, como a niños inocentes e ingenuos y ser nuestros propios guardianes, y tener cuidado de prestar atención sólo a los objetos y los temas que merezcan la pena. No leáis el Times, leed el Eternidades.”

El segundo ensayo presente en este libro, La desobediencia civil (también conocido como “Sobre el deber de la desobediencia civil”) vio por primera vez la luz en las páginas del Aesthetic Papers, en mayo de 1849. Es éste el escrito más conocido e influyente de Thoreau, tanto que hasta el mismo Gandhi, en carta al presidente F. D. Roosevel, confiesa que ha logrado influenciar su pensamiento. Fue escrito en un momento en el que Estados Unidos estaba en guerra con México; una guerra que no sólo traería como resultado la anexión de vastos territorios otrora mexicanos, sino que le permitiría a Thoreau poner en evidencia las inconsistencias entre los ideales de la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos, y las prácticas del gobierno y los ciudadanos de la Unión Americana. Es así que afirma: “Miles de personas están, en teoría, en contra de la esclavitud y la guerra, pero de hecho no hacen nada por acabar con ellas; miles que se consideran hijos de Washington y Franklin, se sientan con las manos en los bolsillos y dicen que no saben qué hacer, y no hacen nada; miles que incluso posponen la cuestión de la libertad a la cuestión del mercado libre y leen en silencio las listas de precios y las noticias del frente de Méjico tras la cena, e incluso caen dormidos sobre ambos. ¿Cuál es el valor de un hombre honrado y de un patriota hoy? Dudan y se lamentan y a veces redactan escritos, pero no hacen nada serio y eficaz. Esperarán con la mayor disposición a que otros remedien el mal, para poder dejar de lamentarse. Como mucho, depositan un simple voto y hacen un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia al pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso, hay novecientos noventa y nueve que alardean de serlo, y es más fácil tratar con el auténtico poseedor de una cosa que con los que pretenden tenerla.”
Es precisamente esta inconsistencia e incoherencia entre principios y prácticas, sobre la que Thoreau basa buena parte de su argumentación a favor de la desobediencia civil: “Bajo un gobierno como este nuestro, muchos creen que deben esperar hasta convencer a la mayoría de la necesidad de alterarlo. […] Lo que tengo que hacer es asegurarme de que no me presto a hacer el daño que yo mismo condeno.” Más adelante añade: “Si mil hombres dejaran de pagar sus impuestos este año, tal medida no sería ni violenta ni cruel, mientras que si los pagan, se capacita al Estado para cometer actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes. Esta es la definición de una revolución pacífica, si tal es posible.” Y concluye: “Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan solo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.”
En los dos ensayos restantes (La esclavitud en MassachusettsLa esclavitud en Massachusetts y Apología del capitán John Brown) Thoreau habla de la necesidad de una ampliación efectiva de los derechos fundamentales e inalienables consagrados desde la Declaración de Independencia. Fundamenta su ataque a la esclavitud a partir de la exigencia de respeto por la dignidad de cada persona humana, independientemente de su condición. Así mismo, Thoreau se indigna ante los atropellos y abusos de los políticos en el poder y de los jueces de los altos tribunales, así como ante el servilismo de los periódicos frente a los gobiernos de turno. Y su reclamo, más que recurrir a argumentos políticos o económicos, apela a la igualdad entre seres humanos: “Quisiera recordarles a mis compatriotas que ante todo deben ser hombres, y americanos después, cuando así lo convenga. No importa lo valiosa que sea la ley para proteger las propiedades e incluso para mantener unidos el cuerpo y el alma, si no nos mantiene unidos a toda la humanidad.”

A pesar de que los ensayos que componen este libro fueron escritos hace poco más de siglo y medio, su vigencia se mantiene. Son textos que nos suenan aún familiares, cercanos, parte incluso de nuestras ideas. Textos cuyo contexto histórico nos permite percibir la valentía y la sensatez de una persona capaz de ver más allá de los destellos de la deslumbrante promesa de vivir en el país de la Libertad. Son también una invitación a escuchar nuestras propias conciencias, a observar el mundo con nuestros propios ojos y no a través de lo que los demás quieran que veamos. Son, en fin, un camino que nos conduce a nuestra libertad, con toda la responsabilidad que ello implica, como seres humanos, más allá de las diferencias, las ambiciones y los prejuicios que nos separan y que nos impiden constituirnos como una comunidad verdaderamente humana.
THOREAU, Henry D., Desobediencia civil y otros escritos. Madrid, Editorial Tecnos S.A., 1994 [1849-1863]. Estudio preliminar y notas de Juan José Coy. Traducción de Marián Eugenia Díaz. 152 págs.

Por: Juan Camilo Biermann 
Historiador de la Casa de la Historia
Junio de 2013

martes, 21 de mayo de 2013

21 de Mayo, día de la Afrocolombianidad.



Hoy se conmemoran 162 años de la abolición de la esclavitud en Colombia y es el momento también para realizar una reflexión en retrospectiva, para meditar sobre los avances que ha tenido nuestra sociedad con respecto a la igualdad de derechos entre todos sus ciudadanos. En Colombia hay aproximadamente 11 millones de personas afrodescendientes. La mayor parte de ellas residen en Cali y Cartagena, aunque también hay importantes poblaciones en Buenaventura, Quibdó y Bogotá. Sin embargo, su presencia permea toda nuestra realidad y es parte inherente de la identidad colombiana.
El reconocimiento de nuestra diversidad y el respeto por la identidad étnica, así como el respeto a todas las manifestaciones culturales de las múltiples tradiciones que existen entre nosotros, son ingredientes esenciales para la construcción de una sociedad más igualitaria, intercultural y pacífica.
Sea pues este día un momento propicio para valorar los logros y los pendientes que quedan todavía por atenderse en la búsqueda de la erradicación de cualquier tipo de discriminación. Recordemos también que a partir de la ley 725 de 2001, el Congreso de Colombia estableció el 21 de Mayo como Día Nacional de la Afrocolombianidad,  impulsando con ello diversas iniciativas y actividades en todo el país para el desarrollo integral de la comunidad afrodescendiente.  


lunes, 8 de abril de 2013

JORGE ELIÉCER GAITÁN Y LOS USOS DE LA MEMORIA


JORGE ELIÉCER GAITÁN Y LOS USOS DE LA MEMORIA

                                       
 Hay una vieja canción de Joan Manuel Serrat basada en un poema de Antonio Machado, llamada “La saeta”, que pone en voz de los gitanos de España el lamento: “No eres tú mi cantar. No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”. Creo que se puede decir algo muy similar sobre la memoria del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, pues desde su asesinato el 9 de abril de 1948 se ha recordado más su sacrificio y los desórdenes que le siguieron que el pensamiento y obra de quien participó activamente durante más de veinte años de la vida política nacional.
Hay que recordar que Jorge Eliécer Gaitán no fue solamente un candidato presidencial asesinado, sino un político que en su corta vida alcanzó a ocupar posiciones tan importantes como representante a la Cámara, ministro de Educación, ministro de Trabajo, magistrado de la Corte Suprema de Justicia y alcalde de Bogotá. Durante su ejercicio en estas entidades, Gaitán alcanzó a introducir innovaciones administrativas y a poner sobre el tapete temas inéditos en la administración nacional. En 1929, por ejemplo, mientras era representante a la Cámara, adelantó el primer debate nacional sobre el incidente de “la masacre de las bananeras”, ocurrido en diciembre del año anterior, y en él denunció la gravedad de la represión militar en el departamento del Magdalena a la huelga de trabajadores del banano. El incidente de la masacre de los trabajadores, que posteriormente inmortalizaría Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, fue difundido en un primer momento por la voz portentosa y la oratoria ardiente del joven liberal en el recinto del Congreso de la República en el mes de septiembre de ese año.      

 Poco después, cuando fue ministro de Educación, Gaitán defendió la propuesta de comedores escolares para los estudiantes del país, y como alcalde de Bogotá ordenó campañas de higiene entre la población, como el uso obligatorio de zapatos o el uso de uniformes limpios para los empleados públicos. Estas medidas se tradujeron en una mejora en la calidad de vida de miles de niños y la dignificación y salud de los trabajadores distritales. También en su posición de alcalde de la capital, Gaitán alcanzó a inaugurar la primera Feria del Libro de Bogotá (Gaitán fue hijo de una maestra de escuela y de un librero), evento que se ha venido realizando hasta el día de hoy, precisamente en el mismo mes que el del magnicidio del líder, sin que muchas veces se ponga en evidencia la relación existente entre ambos sucesos. 

Aunque no hubiera sido desde un cargo público, Jorge Eliécer Gaitán también cambió para siempre la política colombiana en su papel de candidato en las campañas presidenciales para las elecciones de 1946 y 1950. En primer lugar, fue uno de los primeros que puso en boca de los hombres de gobierno el tema de la reivindicación y protección de las clases populares. Para ese momento América Latina bullía con la nueva fuerza de las clases trabajadoras y campesinas que se levantaban para exigir un papel protagónico en la sociedad. El aumento de la población y la migración de buena parte de esta del campo a la ciudad para trabajar en las emergentes industrias que se montaban en América del Sur hicieron que surgiera una gran masa urbana que se apoyaba en líderes populistas como Juan Domingo Perón, en Argentina y Lázaro Cárdenas, en México, quienes defendían el nacionalismo y la vida digna para todos. En Colombia, Jorge Eliécer Gaitán fue el líder en sintonía con este fenómeno continental y, aunque no tuvo la oportunidad de poner en práctica los proyectos que contemplaba para las clases desfavorecidas, su constante alusión al pueblo raso, por encima de los partidos Liberal y Conservador, introdujo una nueva retórica de carácter social en los discursos políticos de la segunda mitad del siglo XX, a pesar de que muchas veces esa orientación se convirtiera en demagogia vacía en la voz de otros candidatos.

Otro cambio radical en las costumbres políticas de Colombia asociadas a las campañas gaitanistas fue la aparición de la pasión y de los temas de la vida cotidiana en los asuntos tratados en sus discursos. Colombia venía desde 1886 en una tradición de índole conservadora donde la norma era que los presidentes y estadistas se dedicaran al cultivo de las letras, la gramática y la poesía, y se debatieran los temas de interés nacional en ámbitos cerrados en la capital de la República, sin representantes del pueblo ni referencias a los temas de interés del país real. En los discursos de Gaitán, por el contrario, los problemas de cada familia para alimentar a sus hijos reemplazaron las referencias a la Biblia, y los estentóreos gritos  “¡por la restauración moral, a la carga!” desplazaron los latinajos y alusiones al pasado greco-romano. En su voz, los temas concretos eran más importantes que las alusiones abstractas a la política teórica. Gaitán modernizó la retórica política colombiana y desde entonces, ya sea con sinceridad o hipocresía, los hombres de Estado se han referido constantemente a los asuntos de interés popular en sus alocuciones e intervenciones mediáticas.
 Lastimosamente, la brillante carrera de Jorge Eliécer Gaitán fue destruida violentamente el 9 de abril de 1948, cuando se proyectaba como el favorito para ganar las elecciones presidenciales de 1950. El día de su muerte se desató en todo el país la rabia de un pueblo que sintió truncadas sus esperanzas una vez más. Por eso es en cierta medida incorrecto seguir hablando del “Bogotazo” para recordar ese día, pues no fue solo en Bogotá que se presentaron incidentes en contra del gobierno conservador. El 9 de abril de 1948 no hubo únicamente una revuelta popular descontrolada sino un auténtico intento de revolución. En lugares como Barrancabermeja, por ejemplo, se estableció durante más de una semana un autodenominado “poder popular” que tomó el poder en nombre de su caudillo caído y en muchos pueblos y ciudades del país se organizaron batallones de carácter revolucionario. Como se sabe, este levantamiento no alcanzó a derrotar al conservatismo en el poder, pero se puede considerar como un momento histórico del alcance e importancia de la revolución de los Comuneros de 1781 o de la Junta Popular de Santafé que se conformó, paralelamente a la Junta Suprema, el 20 de julio de 1810. También es inexacto pensar que ese día aciago la mayor parte de Bogotá fue destruida por las muchedumbres liberales. Sin duda hubo destrozos considerables cerca del lugar del homicidio, pero con el tiempo se ha comprobado que muchos edificios solo sufrieron daños superficiales pero fueron poco después demolidos para adelantar procesos de renovación urbana en la ciudad, aduciendo supuestos daños irreparables causados por el “Bogotazo”.
Pero lo más triste de la memoria del 9 de abril es que se haya tomado como la única fecha conveniente para  recordar a Jorge Eliécer Gaitán. Se diría casi que se le quiere recordar como un muerto y no como un vivo. Nunca es tarde para cambiar esta costumbre y empezar a recordar a Jorge Eliécer Gaitán como lo que fue: un hombre que vivió, propuso y logró algunos cambios invaluables en la política del país, y cuya voz e ideas siguen teniendo eco 65 años después de su muerte.
Si desea escuchar algunos fragmentos de los discursos de Jorge Eliécer Gaitán, puede hacerlo en
          
Por: Nicolás Pernett. Historiador. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

DAVID LIVINGSTONE: UN CORAZÓN QUE LATE DESDE ÁFRICA



El 19 de marzo se cumplió el bicentenario del natalicio en 1813 de David Livingstone, el gran explorador y médico escocés que vivió en África durante más de 30 años y cuya memoria sigue viva en dicho continente gracias al amor y la entrega con la que trabajó entre su gente hasta que la disentería (última enfermedad tropical, de las muchas que padeció), se lo llevó.
Livingstone es considerado como el “primer luchador por la libertad de África”, ya que denunció los maltratos que sufría la población y condenó duramente la esclavitud, haciendo un llamado para que se liberara al África de este mal,  en un tiempo en que Inglaterra era prácticamente la dueña del mundo.
Sus exploraciones y travesías por el territorio africano son legendarias, así como su calidad humana y la misión evangelizadora que llevó a cabo en la región. Livingstone participó también en la búsqueda del nacimiento del río Nilo, cartografió enormes extensiones y descubrió las Cataratas Victoria, a las que bautizó así en honor de la reina de Inglaterra.
Por otro lado, Livingstone es sin lugar a dudas uno de los pocos personajes blancos que conservan una amada memoria entre los pueblos africanos que lo conocieron. Su paso por diferentes ciudades ha dejado huella en nombres que se conservan como Blantyre y  Livingstonia en Malaui, así como la ciudad de Livingstone en Zambia. A la muerte del filántropo en 1873, Inglaterra reclamó la repatriación del cuerpo para brindarle sepultura y honores en la Abadía de Westminster, pero antes de que los restos de Livingstone partieran para siempre, los africanos que lo acompañaron en sus últimos momentos sacaron el corazón de su cuerpo y lo enterraron bajo un árbol, porque su corazón, decían, pertenecía a África.